El trabajo del mentor/a es saber escuchar y transmitir su percepción y opinión estratégica inspirándole, con la máxima honestidad y sinceridad para hacer crecer humanamente al que aconsejamos. Es por tanto, un oficio y actividad tan vieja y sabia como la vida misma.

Saber escuchar nos sirve para aprender nuevas maneras de llegar a soluciones que deben ser adoptadas por el que deja aconsejarse. Para poder aconsejar, si queremos ser éticos y responsables, el mentor/a necesita estudiar profundamente las actitudes de la persona que nos pide consejo, estando atento a no caer en prejuicios ni presuponer actitudes, porque las personas cambian con una buena motivación.

La ignorancia sobre algo, genera dependencia de la idea o actitud con la que se decide seguir actuando y a menudo, se tiene miedo en cambiarla. Las personas menos flexibles harán ley de sus costumbres, que la convierten en verdad absoluta, percibiendo con miedo una realidad falsa, pero totalmente cierta para él/ella. La resistencia puede llegar a ser colosal. No cometer los mismos errores puede ser imposible de aceptar por el otro/a, porque su experiencia vital no es la misma.

Si algo funciona económicamente, no necesariamente se quiere saber cómo puede funcionar mejor. Pero es ley humana que lo que funciona mejor, es siempre lo que nos hace más felices a largo plazo.

La aceptación de la realidad que no sabemos, genera una revelación y euforia momentánea en la persona que aconsejamos, que se la apropia, a menudo con un consiguiente desprecio del consejo del mentor. A veces basta para ayudar al otro, entender profundamente el por qué se quiere hacer un trabajo, una experiencia, una empresa y saber retirarse a tiempo.

Hay que preguntarse no sólo el cómo y el por qué puede funcionar algo mejor, sino el por qué de la relación que construimos. Es necesario huir de personas tóxicas, de los egoístas, de los exhibicionistas, de los que van demasiado aprisa.

Como objetivo diario se impone defender el espacio y el tiempo del mentor. Porque es fundamental no equivocarnos en las personas que elegimos para ejercer nuestro trabajo de mentores y para ello necesitaremos saber el porqué necesitas a cada uno de ellos. Las visiones del mundo que tienen otros, con los que entramos en contacto para asesorar, deberían también enriquecer nuestra vida.

La mediocridad, los espías y los rumores se combaten simplemente haciendo bien tu trabajo, extendiendo tu radio de acción, dialogando con inteligencia con las personas que respetas y que acabas queriendo.

Muy pocas veces me ha pasado sentir la necesidad de hacer juntos proyectos con las personas que asesoro, pero en nuestra actividad como mentores o como personas que aprendemos de otros, debemos elegir a los que nos ayudan a vivir en armonía, eligiendo a los que nos sirvan para nutrirnos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Porque también necesitamos de otros para darnos cuenta de quienes somos y de lo que queremos.

Por el camino y con las relaciones que hagamos como mentores, deberemos aprender a liberarnos de costumbres, a no hacer caso del ruído que se publica o que se persigue, de huír de los ejemplos de triunfo y éxitos vacíos que nos llegan a nuestro conocimiento, abandonar envidias y miedos, y sobretodo irnos despejando de todo aquello que a la larga, no nos hace felices.

La sabiduría, que se alcanza con la madurez y la experiencia, debe ser solo eso.